Se clavan las resecas estacas de sus manos
- que hieren cada espacio de su dura piel-
en el gélido lecho del sepulcro
sintiendo la amarga sensación del desprecio.
Resuenan las ásperas voces de los cuervos,
las ráfagas de viento acarician los cipreses
y ejecutan los fúnebres acordes
entre las remembranzas del momento.
¡Se le ha bañado el alma con fango de tristeza!
Los duendes de la furia rondan su corazón,
centellas de fuego brotan de sus pupilas
y una siniestra risa evidencia el ímpetu
del punzante delirio en el tiempo.
..., no acarician sus labios indolentes
el cuerpo entumecido y exhumado
que decidió enterrar sin el corazón adentro;
a ese, que por las noches, triste lame la hiel
que regó en las virtuosas horas dadas.
Envenena su alma, poco a poco,
queriendo dejarla sin aliento,
para así estar unidos, por siempre,
(abrazados los mismos sentimientos)
bajo la negra sábana del bruno lamento...
¡Quédate ahí!
en calma ante mi acecho
cuerpo indolente.
¡Deja, al alba, tu alma despertar!,
la dulzura es la fuente
de amor en el ambiente
y, en mis brazos, arroyo singular.
Dormidas quedan
entre fuente y arroyo
las pasiones,
en mística ocasión sin contrapaso.
Con mágicas dicciones
y el canto de gorriones
despertarán en próximo ocaso.

El fuego del recuerdo produce frío, y las manos son la soga
que estrangula el grito del amor que tiembla en los sollozos del pecho
y el gemido de la pasión que se eleva con la brisa de caricias.
¡El espejo roto vuelve a estar unido en el lago de la almohada!
Albufera modelada con cristales de los afluentes de sueños
y de deseos, de la nostalgia por esos momentos aferrados
a la memoria y a la piel, como se aferra la hiedra a las paredes.
Lo suave del plumaje de blancos cisnes invita a vivir de sueños,
en los anhelos de profundos abrazos, cuando se duerme la noche
en lo rubio de las horas y se pierde la luna en el infinito.
Pierde el brillo que en la penumbra se desliza sobre la almohada,
iluminando la linfa que alberga a las almas de aves aturdidas
que se creyeron en la casa del olvido, de un amor sin ventura,
sintiéndose faro silente al alba y desolado en noche de brillo.
Los cisnes entrelazan sus alas, al ritmo de una danza que acopla
los tropeles de sus corazones, y se emancipa la resonancia
de los latidos mientras naufragan sus cabezas en los golletes.
El cortejo es primavera, con llovizna en resplandeciente verano...
Y se entretejen los hilos de un sueño en aleteo a la existencia
para bordar cisnes en la almohada, aún descosidas las pestañas.
En la efervescencia de la sangre,
que hiere mis entrañas a su paso,
galopa desbocado el corazón
bajo la tempestad de tu milagro:
pierde el frío mi alma en la hoguera
de tu alma -mar sin calma, viento calmo-
y las lágrimas dejan de ser pena
para ser alegría entre tus manos,
llama de caricias que desnuda
el amor en mis ojos y mis brazos
los abre para asirlos a tu forma
y agitar el matiz suave de un diálogo
de amantes -de mi cuerpo con el tuyo-
sin que apague la brisa el grito casto,
en las cenizas de una roja tarde,
del placer de los cuerpos con los labios.
Suspira y rezonga el viento
si viaja con tu murmullo
y las horas en capullo
junto al cristal pasan lento.
Cristal del recuerdo, siento
que el llanto con su desvelo
ahoga el claror del cielo,
de frío se encoge el alma
por mi pena que se empalma
a su olvido en paralelo.
.